El anterior sábado, cuando un día después del día del blog comenzaba septiembre, se celebró en Santa Cruz el primer encuentro “bloguiviano”, bajo el lema: de lo virtual a lo real. Si bien la cantidad de asistentes no fue la esperada por Sebastián Molina y su equipo, la calidad de la reunión satisfizo las expectativas de los más de cien jóvenes que allí nos reunimos.
Lo más valioso que el encuentro bloguiviano nos deja es lo suficientemente simple como para mantenerse a través del tiempo: la relación entre los blogueros que se comentaban, tanto como la de aquellos que ni siquiera se habían leído de pasada, se ha establecido, cuando no se ha afianzado. Tal como demuestran los primeros posts y comentarios de después del encuentro, esto redundará en la espontánea recreación de una red nacional de blogueros leyendo, escuchando, compartiendo, viendo lo que el otro tiene para comunicar, a la vez que comunica. Y esto es precisamente lo que los blogueros tenemos en común: algo para decir a través de un medio alternativo. Somos jóvenes curiosos abriendo brecha en las posibilidades que las telecomunicaciones nos ofrecen.
Aún para gran parte de la porción mínima de bolivianos que tiene acceso a internet, el blog es algo desconocido en sus posibilidades o completamente ignorado. “¿Encuentro bloguero?, son macanas, estas yendo a repetir las farras que te mandas aquí con tus amigos blogueros, vas a gastar plata en el pasaje nomás, mejor andá para la feria”, así me respondió alguien cuando le dije el motivo de mi viaja a Santa Cruz. Un amigo bloguero, temiendo que se rieran en su cara, dijo a lo suyos que se estaba ausentando por motivos de trabajo. “Ja, ja, ja, sí, y yo voy a viajar a Paris, a un encuentro de Facebook”, me respondió otro amigo cuando le hable del encuentro. “Las cosas que te inventas para viajar”, retrucó mi madre al no saber de qué cuernos se trataba el asunto al que estaba yendo.
“Blogs: Democracia Radical” decían las postales del encuentro. Cualquiera puede abrirse un blog y los límites del blog dependen de los límites de la mente del autor. El espacio es basto: imágenes, videos, canciones. Alguien dijo muy acertadamente que los comentarios son la sangre del bloguero, y en los blogs comenta quien así lo desee, ampliando el espectro que ofrece my space por ejemplo, cuyo acceso está limitado a quienes tienen una cuenta en su servicio.
Los alcances son impensables para el propio autor, sorprendido leí la entrevista que BBC le hizo a uno de los pocos blogueros cubanos, mostrando Cuba desde la mirada de un transeúnte cualquiera. Alguien que testimoniaba desde Irak se hizo millonario con su bitácora, y es alarmante enterarse de que los soldados estadounidenses que padecen la guerra tienen prohibido por el estado abrirse un blog. Nuestro amigo Marco Montellano tuvo que dejar su trabajo como colaborador de un periódico porque cierta publicación de su blog había disgustado al prefecto de su ciudad.
Cuando Ronaldo Vaca-Pereira vino a tocar a La Paz, había entre el público gente que lo escuchó a través de su blog y ahora estaba ahí. Muchos aprendices de la palabra soltamos la mano escribiendo blogs, buscamos estilo propio y podemos recibir comentarios de aprobación o repudio casi al instante. Hallamos en este medio una nueva formación, o la posibilidad de lanzarnos paso a paso a la temida publicación en papel.
Nuestra sociedad conservadora ve, sin poder reaccionar, las porosidades de su muralla. El cause natural de la homosexualidad y bisexualidad filtra sus ácidas gotas en los lugares donde todavía no ha resquebrajado el muro. A través de su bitácora alguien abre la puerta del closet del que saldrá el rato menos pensado.
La multiplicidad de voces que se pueden amplificar a través del blog es incalculable, y a eso apuntan proyectos como Voces Bolivianas de Mario Durán, y la alfabetización tecnológica a cargo del CEPAD en Santa Cruz. Como dijo Mario, los bolivianos tenemos la posibilidad y el deber de demostrar que somos más que nuestros políticos, que los alteños no viven bajo el principio: bloqueo luego existo.
Ahora está la otra cara de la moneda, es muy fácil abrirse un blog, y el riesgo de la irresponsabilidad es inevitable. “Hay que ser responsables”, marcó en la mesa de periodismo Roberto Dotti, cuando Rodrigo Serrate dio a entender que en el ciberespacio de blog todo vale.
Estamos siendo parte de lo que Toffler vaticinó en su Tercera Ola, la cultura de masas da espacio a lo individual, con su particularidad. Todavía tenemos mucho de la era industrial, pero las posibilidades cibernéticas cada vez son mayores y van ganándole espacio a lo masivo. Los grandes templos se desgastan, las catedrales cada vez se parecen más a un museo que a un lugar de culto y, los blogueros, siendo cada cual un granito de arena, aportamos a ello.
En la página del encuentro hay más de cincuenta posts sobre el encuentro. El reto es fortalecer la red nacional que se ha creado con romántica esperanza en la bolivianidad a través de la bloguivianidad. La mayor conclusión del encuentro es que todos somos bolivianos más allá de las diferencias. ¿Qué es la bolivianidad? “Para los cambas autonomía, para los sucrenses capitalía plena y, para nosotros, los paceños, statu quo”, opina un amigo mío. Propongo una discusión abierta y honesta sobre estos temas que no se tocaron en la mesa de política del encuentro. El ciberespacio permite un debate de ciudadanos, que vaya más allá de los intereses de los políticos que están haciendo mierda nuestro país a nombre de la defensa de la bolivianidad.
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11.9.07
4.9.07
Del Encuentro Blogiviano.
L@s bloguer@s de Bolivia reunid@s en Santa Cruz nos declaramos BOLIVIAN@S por encima de cualquier otra etiqueta, comprometid@s con la PAZ y la FRATERNIDAD y determinad@s a hacer todo nuestro esfuerzo en pro de la ansiada CONCORDIA nacional."
Muchas cosas para decir. Primero ¡Gracias! De lo virtual a lo real el perro rabioso y yo, además de Ceci Sakura, fuimos a dar al hogar de la mismísima Capsula del Tiempo, donde, si bien todo pasa, todo también queda; a nosotros nos queda su cariño, hospitlidad y esa increible capacidad que Vania tiene de hacer mil cosas, y hacerlas bien.
La inolvidable y poderosa vos del Poeta Enmascarado, Marco Montellano. El chapaco es capaz de cantar cuatro horas sin repetir canción e interpreta las canciones de Sabina que uno menos esperaría, además de cuecas, morenadas nadas y estilos todos. Como bien dijo esta confraternización de bolivianos se sucede a diario, en muchos lugares, pero nosotros tenemos la posiblidad de difunfirla por el blog.
Sebas y equipo: gracias una vez más por propiciar esta reunión, las posbilidades del blog se han ampliado en mi cabeza y sigo rumiando la información.
El perro rabioso que temía un buen puñete de lo virtual a lo real, se llevó los aplausos y las risas de todos, yo aplaudo que en todas las veces que muerde no se olvida de firmar. Así vale la pena, pueees.
Bueno, hay más para decir, ¡que el entusiasmo continúe y crezca a través del blog!
Muchas cosas para decir. Primero ¡Gracias! De lo virtual a lo real el perro rabioso y yo, además de Ceci Sakura, fuimos a dar al hogar de la mismísima Capsula del Tiempo, donde, si bien todo pasa, todo también queda; a nosotros nos queda su cariño, hospitlidad y esa increible capacidad que Vania tiene de hacer mil cosas, y hacerlas bien.
La inolvidable y poderosa vos del Poeta Enmascarado, Marco Montellano. El chapaco es capaz de cantar cuatro horas sin repetir canción e interpreta las canciones de Sabina que uno menos esperaría, además de cuecas, morenadas nadas y estilos todos. Como bien dijo esta confraternización de bolivianos se sucede a diario, en muchos lugares, pero nosotros tenemos la posiblidad de difunfirla por el blog.
Sebas y equipo: gracias una vez más por propiciar esta reunión, las posbilidades del blog se han ampliado en mi cabeza y sigo rumiando la información.
El perro rabioso que temía un buen puñete de lo virtual a lo real, se llevó los aplausos y las risas de todos, yo aplaudo que en todas las veces que muerde no se olvida de firmar. Así vale la pena, pueees.
Bueno, hay más para decir, ¡que el entusiasmo continúe y crezca a través del blog!
27.8.07
El Patio Trasero
La anterior semana publiqué este artículo en El Semanal de mi amigo Quintacho, espero sus opiniones sobre el tema amigos bloggers.
Aprovechando el fin de semana largo que conmemoraba el aniversario de nuestro país, algunos amigos y yo decidimos salir de la ciudad a manera de regalar a nuestros pulmones con el aire puro de Coroico y a nuestros acelerados ánimos con cerveza helada, que tan bien cae en el calor de los Yungas.
Reservamos espacio en un alojamiento algo alejado del pueblo, pues en fechas como ésta Coroico se convierte en un hervidero, adquiriendo cierto matiz citadino, justamente lo que queríamos evitar. Las cosas salieron de maravilla: nos divertimos entre humedad y niebla como si fuese la última vez. La frenética seguidilla de canciones de buenos borrachos y las grandes reservas de agua de la vida permitieron que la euforia se trocase en sueño, el sueño en humor, y el humor en euforia otra vez; así el cuento hasta el inevitable rato de volver a la triste realidad del trabajo en la ciudad. Fue un viaje de aquellos, uno de los periodos más largos en que dejé de pensar en mañana y preocuparme por cualquiera de esa pavadas que solemos inventar para preocuparnos. De hecho pasó lo mismo con el resto, pues nadie se acordó de ir al pueblo a reservar pasajes con un día de anticipación.
Terminal de Coroico, lunes en la tarde, la gente bordea el pánico y está dispuesta a meter un codazo y hasta un puñete para colarse en la fila que no avanza, la incertidumbre es total, alguien dijo que “posiblemente” habiliten pasajes, pero nadie sabe si ese alguien era la boletera de la línea. Dicen que a veces hay espacio en los buses de los que llegan a Coroico en bicicleta, entonces hay que pararse en la salida del pueblo a ver si la suerte o la piedad de un chofer están de nuestro lado. Si hubiese una mujer en el grupo, sus habilidades pestañeando podrían servir, pero las chicas ya se fueron en la vagoneta del padre de una de ellas, que estaba en el pueblo. Somos cuatro tipos sudorosos y empolvados sin opción, hay que llegar a trabajar sí o sí al día siguiente. ¿Qué hacer? Subimos a la plaza a ver si hay algo, miramos a un lado y al otro, los carro particulares van rumbeando la ciudad, a ver si encontramos algún conocido entre ellos… nada… el tiempo pasa y la desesperación crece. “Voy a la terminal otra vez, si encuentro algo los llamo”, me separo de mis amigos sin mucha convicción.
Husmeo entre las boleterías y luego voy a los carriles donde estacionan los buses. ¡Ta ran!, una vagoneta de esas largas en las que caben cuatro personas cómodas; con esfuerzo, y doblándose en ocho, en la parte de atrás entrarían otras cuatro. Está el chofer acomodando su llanta de auxilio y, expectantes, dos turistas de esos que pasean por San Francisco y sus alrededores en La Paz como si estuviesen entrando al monte: con grandes mochilas, chanclas, sombrero y chompa de imitación de alpaca.
“Che hermano, ¿tienes espacio en la vagoneta?” “Contrato es, está lleno”. “¿Cuántos estás llevando” “Cuatro”. “Nosotros viajamos aquí atrás, no importa, te pagamos como pasajes de bus, somos cuatro también”. “No van a querer estos gringos”. “Yo les charlo hermano”. Hablo con los extranjeros y me proponen pagar menos de lo que habían acordado con el chofer en caso de que utilicemos la parte trasera de su vagoneta. El chofer se niega a la oferta en principio: “más pesado, se gasta más gasolina, no se corre bien”, “Si vamos nosotros vas a ganar más que con el contrato que habías hecho con ellos”, le ofrezco un poco más, él pide un poco más todavía y quedamos en un punto intermedio. Les digo a los gringos que el trato está cerrado, y el más viejo de ellos me dice que está apurado, que si van a venir otros vengan de una vez. “Están en camino, también estamos apurados, mañana trabajamos”, le respondo.
Dos de mis amigos trabajan en una importante consultora ejerciendo su profesión, al otro no le va mal, yo cuento con un trabajo estable; vivimos en barrios privilegiados de la ciudad… de ninguna manera me molesta viajar doblado en ocho, no, no, pero el dolor de cuello y espalda que duró tres días me invita a pensar un poco en lo siguiente.
Para cualquier ciudadano del primer mundo o del segundo, gane mucho o poco dinero, venir a pasear por Bolivia le sale regalado, es como irse a dar una vuelta por el patio trasero de la casa, claro, y nosotros terminamos en la parte trasera del auto del patio trasero del mundo. Pasear por Bolivia puede resultar pintoresco y divertido, sólo hace falta curiosidad. Si limpias pisos en Chicago tranquilamente te das unas vacaciones de lujo en Santa Cruz, y como eres rubio y alto es muy probable que alguna mujer bella o un hombre simpático caiga ante tus encantos. Es más, yo conozco a una muchacha que estudia en cierta prestigiosa universidad privada de La Paz cuya mayor aspiración es conocer a un europeo en un boliche, enamorar, casarse y salir del país. Esto es más que chiste u ocurrencia, es triste y grave. Ella lleva años en la faena, y empieza a desesperarse por la extraña sensación de que el culo se le chorrea y su tren se va. ¡Qué mentalidad como estrecha!, yo digo. Y pienso además que este caso es totalmente distinto al de los que realmente padecen las circunstancias de nuestro país, y desesperados deciden lanzarse a la posibilidad de una mejor vida fuera de nuestras fronteras. Eso de soñar una mejor vida afuera se ve a todo nivel y todos en algún momento lo hemos pensado, uno de cada dos bolivianos quiere irse, y eso nada tiene que ver con el amor que le tenemos a nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra forma de vivir.
Fuerzas ajenas a la voluntad de los ciudadanos del mundo que somos hacen que la situación del extranjero en Bolivia sea la otra cara de la situación de un boliviano en el extranjero. Varias ideas se me quedan en el tintero respecto a este tema, y otras tantas por rumiar. A usted, amigo lector, ¿le parece injusto? ¿Qué podemos hacer al respecto?
Aprovechando el fin de semana largo que conmemoraba el aniversario de nuestro país, algunos amigos y yo decidimos salir de la ciudad a manera de regalar a nuestros pulmones con el aire puro de Coroico y a nuestros acelerados ánimos con cerveza helada, que tan bien cae en el calor de los Yungas.
Reservamos espacio en un alojamiento algo alejado del pueblo, pues en fechas como ésta Coroico se convierte en un hervidero, adquiriendo cierto matiz citadino, justamente lo que queríamos evitar. Las cosas salieron de maravilla: nos divertimos entre humedad y niebla como si fuese la última vez. La frenética seguidilla de canciones de buenos borrachos y las grandes reservas de agua de la vida permitieron que la euforia se trocase en sueño, el sueño en humor, y el humor en euforia otra vez; así el cuento hasta el inevitable rato de volver a la triste realidad del trabajo en la ciudad. Fue un viaje de aquellos, uno de los periodos más largos en que dejé de pensar en mañana y preocuparme por cualquiera de esa pavadas que solemos inventar para preocuparnos. De hecho pasó lo mismo con el resto, pues nadie se acordó de ir al pueblo a reservar pasajes con un día de anticipación.
Terminal de Coroico, lunes en la tarde, la gente bordea el pánico y está dispuesta a meter un codazo y hasta un puñete para colarse en la fila que no avanza, la incertidumbre es total, alguien dijo que “posiblemente” habiliten pasajes, pero nadie sabe si ese alguien era la boletera de la línea. Dicen que a veces hay espacio en los buses de los que llegan a Coroico en bicicleta, entonces hay que pararse en la salida del pueblo a ver si la suerte o la piedad de un chofer están de nuestro lado. Si hubiese una mujer en el grupo, sus habilidades pestañeando podrían servir, pero las chicas ya se fueron en la vagoneta del padre de una de ellas, que estaba en el pueblo. Somos cuatro tipos sudorosos y empolvados sin opción, hay que llegar a trabajar sí o sí al día siguiente. ¿Qué hacer? Subimos a la plaza a ver si hay algo, miramos a un lado y al otro, los carro particulares van rumbeando la ciudad, a ver si encontramos algún conocido entre ellos… nada… el tiempo pasa y la desesperación crece. “Voy a la terminal otra vez, si encuentro algo los llamo”, me separo de mis amigos sin mucha convicción.
Husmeo entre las boleterías y luego voy a los carriles donde estacionan los buses. ¡Ta ran!, una vagoneta de esas largas en las que caben cuatro personas cómodas; con esfuerzo, y doblándose en ocho, en la parte de atrás entrarían otras cuatro. Está el chofer acomodando su llanta de auxilio y, expectantes, dos turistas de esos que pasean por San Francisco y sus alrededores en La Paz como si estuviesen entrando al monte: con grandes mochilas, chanclas, sombrero y chompa de imitación de alpaca.
“Che hermano, ¿tienes espacio en la vagoneta?” “Contrato es, está lleno”. “¿Cuántos estás llevando” “Cuatro”. “Nosotros viajamos aquí atrás, no importa, te pagamos como pasajes de bus, somos cuatro también”. “No van a querer estos gringos”. “Yo les charlo hermano”. Hablo con los extranjeros y me proponen pagar menos de lo que habían acordado con el chofer en caso de que utilicemos la parte trasera de su vagoneta. El chofer se niega a la oferta en principio: “más pesado, se gasta más gasolina, no se corre bien”, “Si vamos nosotros vas a ganar más que con el contrato que habías hecho con ellos”, le ofrezco un poco más, él pide un poco más todavía y quedamos en un punto intermedio. Les digo a los gringos que el trato está cerrado, y el más viejo de ellos me dice que está apurado, que si van a venir otros vengan de una vez. “Están en camino, también estamos apurados, mañana trabajamos”, le respondo.
Dos de mis amigos trabajan en una importante consultora ejerciendo su profesión, al otro no le va mal, yo cuento con un trabajo estable; vivimos en barrios privilegiados de la ciudad… de ninguna manera me molesta viajar doblado en ocho, no, no, pero el dolor de cuello y espalda que duró tres días me invita a pensar un poco en lo siguiente.
Para cualquier ciudadano del primer mundo o del segundo, gane mucho o poco dinero, venir a pasear por Bolivia le sale regalado, es como irse a dar una vuelta por el patio trasero de la casa, claro, y nosotros terminamos en la parte trasera del auto del patio trasero del mundo. Pasear por Bolivia puede resultar pintoresco y divertido, sólo hace falta curiosidad. Si limpias pisos en Chicago tranquilamente te das unas vacaciones de lujo en Santa Cruz, y como eres rubio y alto es muy probable que alguna mujer bella o un hombre simpático caiga ante tus encantos. Es más, yo conozco a una muchacha que estudia en cierta prestigiosa universidad privada de La Paz cuya mayor aspiración es conocer a un europeo en un boliche, enamorar, casarse y salir del país. Esto es más que chiste u ocurrencia, es triste y grave. Ella lleva años en la faena, y empieza a desesperarse por la extraña sensación de que el culo se le chorrea y su tren se va. ¡Qué mentalidad como estrecha!, yo digo. Y pienso además que este caso es totalmente distinto al de los que realmente padecen las circunstancias de nuestro país, y desesperados deciden lanzarse a la posibilidad de una mejor vida fuera de nuestras fronteras. Eso de soñar una mejor vida afuera se ve a todo nivel y todos en algún momento lo hemos pensado, uno de cada dos bolivianos quiere irse, y eso nada tiene que ver con el amor que le tenemos a nuestra tierra, nuestra cultura, nuestra forma de vivir.
Fuerzas ajenas a la voluntad de los ciudadanos del mundo que somos hacen que la situación del extranjero en Bolivia sea la otra cara de la situación de un boliviano en el extranjero. Varias ideas se me quedan en el tintero respecto a este tema, y otras tantas por rumiar. A usted, amigo lector, ¿le parece injusto? ¿Qué podemos hacer al respecto?
13.8.07
Cicatriz: un libro de cuentos de Eduardo Alvarez Sanchez
Dos reseñas de dos cuentos cotidianos
Gabriel Pantoja G.
El pájaro errante
Al autor lo conocí un lunes a las ocho de la noche, en un boliche, cuando los vasos están limpios y el vino no escasea. Me compartió sus inquietudes literarias. Hablamos un poco de poesía, de escrituras alternas, y fue esa imprudencia mía preguntarle si había publicado algo reciente. Para mi sorpresa, sacó un libro como se saca un pañuelo del bolsillo. Me lo dedicó esa vez; ahora creo que lo pensaría dos veces, pues, cometió una imprudencia. Al finalizar la noche le prometí reseñarlo, o algo parecido. Han pasado varias semanas y esto ya se convertía en una mentira más.
Cicatriz
Desde la dedicatoria puedo colegir el rasgo de la profesión del autor: “A mi padre por enseñarme a jugar”. El juego, como quien diría, es una función elemental de la vida humana, sin él, prácticamente, no existiría cultura. Lo lúdico está presente en nuestro destino humano, y generosamente para el artista. Esta introducción es la primera pauta de lo que serán en posteridad los cuentos del autor. Hojeando el libro más allá y después de esta dedicatoria me encuentro con la primera cicatriz-estimo-, el prólogo. Sobre el prologuista debo decir ciertas cosas, su fidelidad con el autor, su falta de sinceridad, si no, su escaso conocimiento del género. Recuerdo aquel prólogo de Manfredo Kempff S. que hizo a Esa distancia particular, libro de poemas de Mauro Bertero, que empieza diciendo: “Nunca he sido conocedor de la poesía, ni me he preciado de haber sido, tampoco, un gran lector…”¡Modestia aparte! ¡Excusa por demás! El prólogo cuando no es bueno es impertinente y por tanto innecesario. A este libro no le falta un prólogo de esta magnitud.
“Cicatriz”
Un momento en la vida de un talentoso peluquero es sin duda el cuento “Cicatriz”, el primero de este libro, de Eduardo Alvarez. Encontramos en este cuento un bello reflejo de la posibilidad del hombre frente a su entorno. El personaje nacido de la clase media pobre se enfrenta con cierta capacidad a la realidad cotidiana.
La cotidianidad es un espectáculo que hay que recrearlo con mano hábil. Hay una lucha patética y trágica en ella. El autor comprende esta posibilidad y se entrega no a la piadosa contemplación sino a la acción ritual de la realidad en el corte de pelo. Hay un acto romántico en esta vinculación peluquero y cliente, una ceremonia cotidiana. Así lo pensé mientras leía este cuento.
Romper la apatía del lector quien se aferra a su realidad es difícil. Por eso creo que las historias que se relacionan con su cotidianidad recrean su vida; se ven identificados con la reflexión de su rutina. “Cicatriz” es algo así. Una hermana solterona y una madre divorciada y el padre enfermo es la imagen del hogar que queda. Al hijo rebelde-alejado de la casa paterna-sólo le queda la posibilidad de la sobrevivencia, aunque, no patética, pues, éste, le saca partido a la adversidad con humor.
Aunque subyacente pero procaz la narración nos envuelve en esa cara de la vida, el juego. Si hay un límite a este desenfreno es la imagen del padre enfermo, que al final muere. Hay frivolidad, sí, en alguno de sus actos del personaje, como el de cortar la oreja a un cliente y estar tan tranquilo al respecto, o gritarle al chofer de un micro. Si de símbolos hablamos en la cabeza del personaje hay una cicatriz. Esta cicatriz, causa o no de su irreverencia, permite que cada escena sea un acto lúdico. El narrador es irónico, hilarante y desenvuelto con esta imagen.
“La verruga y el infierno”
“La verruga y el infierno” es otro de los cuentos de este mi amigo escritor. El argumento es sencillo, hay una deudora llamada Gabriela y como acreedores una familia, entre los cuales hay una Gabriela, la narradora. Se produce al final un crimen. La excusa para este crimen-si es que hay una excusa para el crimen-, la verruga en el rostro de la abuela. El primer párrafo de este cuento y el último son perfectas maquinarias narrativas: principio y culminación. Perfectas digo porque hay una construcción anticipada de los hechos y un juego de sentidos. Nadie se daría cuenta que el cuento acabaría con una muerte, injustificada viendo las circunstancias que lo condujeron. Gabriela es una niña con rasgos dulces e inocentes, nadie sospecha que tiene una intensión para con su abuela. Críticos podrían argüir la culpa a las películas que vio, pero yo podría decir, el culpable es la imaginación desbordante de infancia. Ella nos entretiene a nosotros incautos lectores, y hasta aburre con la historia de los problemas financieros de su familia, pero de forma insospechada está abriendo el camino para su acto final.
Si en una palabra definiría Cicatriz es COTIDIANIDAD. Si algo le criticaría a su autor es su libertad de estilo temprano, su sinceridad en algunas entradas. Estas posibilidades expresivas en mano de un escritor joven son meros experimentos, como es el caso de “Correspondencia extraviada”. Como el titulo lo señala son correspondencias, pero el caso está en que, un cuento en esta magnitud no sobresale. La correspondencia se limita, en todo caso, a la comunicación a secas y no así al hecho narrativo-ficcional. La utilización de la primera persona (recurso autobiográfico), en este caso no constituye para el argumento íntegro y nos señala historias fragmentadas o varias voces, entre el remitente y el destinatario. Hay una propuesta al respecto interesante de Silvina Ocampo de un cuento en correspondencia titulada “La casa de los relojes”, en el libro de cuentos La furia. En este cuento la historia se desenvuelve según el argumento autobiográfico del que remite; en esta comunicación, no participa el destinatario que en todo caso, debería ser de forma implícita el mismo lector. Correspondencia aparte y cuento será mejor en Cicatriz.
Gabriel Pantoja G.
El pájaro errante
Al autor lo conocí un lunes a las ocho de la noche, en un boliche, cuando los vasos están limpios y el vino no escasea. Me compartió sus inquietudes literarias. Hablamos un poco de poesía, de escrituras alternas, y fue esa imprudencia mía preguntarle si había publicado algo reciente. Para mi sorpresa, sacó un libro como se saca un pañuelo del bolsillo. Me lo dedicó esa vez; ahora creo que lo pensaría dos veces, pues, cometió una imprudencia. Al finalizar la noche le prometí reseñarlo, o algo parecido. Han pasado varias semanas y esto ya se convertía en una mentira más.
Cicatriz
Desde la dedicatoria puedo colegir el rasgo de la profesión del autor: “A mi padre por enseñarme a jugar”. El juego, como quien diría, es una función elemental de la vida humana, sin él, prácticamente, no existiría cultura. Lo lúdico está presente en nuestro destino humano, y generosamente para el artista. Esta introducción es la primera pauta de lo que serán en posteridad los cuentos del autor. Hojeando el libro más allá y después de esta dedicatoria me encuentro con la primera cicatriz-estimo-, el prólogo. Sobre el prologuista debo decir ciertas cosas, su fidelidad con el autor, su falta de sinceridad, si no, su escaso conocimiento del género. Recuerdo aquel prólogo de Manfredo Kempff S. que hizo a Esa distancia particular, libro de poemas de Mauro Bertero, que empieza diciendo: “Nunca he sido conocedor de la poesía, ni me he preciado de haber sido, tampoco, un gran lector…”¡Modestia aparte! ¡Excusa por demás! El prólogo cuando no es bueno es impertinente y por tanto innecesario. A este libro no le falta un prólogo de esta magnitud.
“Cicatriz”
Un momento en la vida de un talentoso peluquero es sin duda el cuento “Cicatriz”, el primero de este libro, de Eduardo Alvarez. Encontramos en este cuento un bello reflejo de la posibilidad del hombre frente a su entorno. El personaje nacido de la clase media pobre se enfrenta con cierta capacidad a la realidad cotidiana.
La cotidianidad es un espectáculo que hay que recrearlo con mano hábil. Hay una lucha patética y trágica en ella. El autor comprende esta posibilidad y se entrega no a la piadosa contemplación sino a la acción ritual de la realidad en el corte de pelo. Hay un acto romántico en esta vinculación peluquero y cliente, una ceremonia cotidiana. Así lo pensé mientras leía este cuento.
Romper la apatía del lector quien se aferra a su realidad es difícil. Por eso creo que las historias que se relacionan con su cotidianidad recrean su vida; se ven identificados con la reflexión de su rutina. “Cicatriz” es algo así. Una hermana solterona y una madre divorciada y el padre enfermo es la imagen del hogar que queda. Al hijo rebelde-alejado de la casa paterna-sólo le queda la posibilidad de la sobrevivencia, aunque, no patética, pues, éste, le saca partido a la adversidad con humor.
Aunque subyacente pero procaz la narración nos envuelve en esa cara de la vida, el juego. Si hay un límite a este desenfreno es la imagen del padre enfermo, que al final muere. Hay frivolidad, sí, en alguno de sus actos del personaje, como el de cortar la oreja a un cliente y estar tan tranquilo al respecto, o gritarle al chofer de un micro. Si de símbolos hablamos en la cabeza del personaje hay una cicatriz. Esta cicatriz, causa o no de su irreverencia, permite que cada escena sea un acto lúdico. El narrador es irónico, hilarante y desenvuelto con esta imagen.
“La verruga y el infierno”
“La verruga y el infierno” es otro de los cuentos de este mi amigo escritor. El argumento es sencillo, hay una deudora llamada Gabriela y como acreedores una familia, entre los cuales hay una Gabriela, la narradora. Se produce al final un crimen. La excusa para este crimen-si es que hay una excusa para el crimen-, la verruga en el rostro de la abuela. El primer párrafo de este cuento y el último son perfectas maquinarias narrativas: principio y culminación. Perfectas digo porque hay una construcción anticipada de los hechos y un juego de sentidos. Nadie se daría cuenta que el cuento acabaría con una muerte, injustificada viendo las circunstancias que lo condujeron. Gabriela es una niña con rasgos dulces e inocentes, nadie sospecha que tiene una intensión para con su abuela. Críticos podrían argüir la culpa a las películas que vio, pero yo podría decir, el culpable es la imaginación desbordante de infancia. Ella nos entretiene a nosotros incautos lectores, y hasta aburre con la historia de los problemas financieros de su familia, pero de forma insospechada está abriendo el camino para su acto final.
Si en una palabra definiría Cicatriz es COTIDIANIDAD. Si algo le criticaría a su autor es su libertad de estilo temprano, su sinceridad en algunas entradas. Estas posibilidades expresivas en mano de un escritor joven son meros experimentos, como es el caso de “Correspondencia extraviada”. Como el titulo lo señala son correspondencias, pero el caso está en que, un cuento en esta magnitud no sobresale. La correspondencia se limita, en todo caso, a la comunicación a secas y no así al hecho narrativo-ficcional. La utilización de la primera persona (recurso autobiográfico), en este caso no constituye para el argumento íntegro y nos señala historias fragmentadas o varias voces, entre el remitente y el destinatario. Hay una propuesta al respecto interesante de Silvina Ocampo de un cuento en correspondencia titulada “La casa de los relojes”, en el libro de cuentos La furia. En este cuento la historia se desenvuelve según el argumento autobiográfico del que remite; en esta comunicación, no participa el destinatario que en todo caso, debería ser de forma implícita el mismo lector. Correspondencia aparte y cuento será mejor en Cicatriz.
28.3.07
Rodrigo Rojas y su danza del deseo
Hace algunos días recibí un nuevo comentario en un viejo artículo que había escrito sobre mi amigo Rodrigo Rojas en el blog. Me lo escribía la reportera de una página web de cantautores en México: trovando.com. Ella lo había entrevistado antes del sábado 17 de marzo, día en que Rodrigo presentó el segundo disco de su historia: "La danza del deseo", en el teatro Lenin del D.F.
Rojas consideró incluso sus canciones que le parecían desechables y, junto al productor Juan Carlos Noroña, luego de haber escuchando casi un centenar de composiciones, eligió cuidadosamente las doce que cerrarían sus cinco años de inédito y armónico silencio.
Durante la grabación secó, refrescó y volvió a secar la garganta sin dar cuenta de las lunas y soles que pasaban, sin tiempo para recordar su primera época en los boliches del D.F., donde llegó a pasar hasta catorce turnos de canciones propias y ajenas en un fin de semana. Liberándose, evocó el sentimiento de la primera vez, y así perpetró su voz y su guitarra acompañadas del profesionalismo de sus músicos. Calibrados por el español Pepe Loeches (Ganador de varios Grammy´s como ingeniero de sonido), sus acordes recibieron el trato merecido.
"Cantá con el alma, como sueles hacerlo" le dije la mañana de ese sábado, y las ganas de haber estado allí se patentaron cuando me contó que su mujer fue capaz de cargarse su nerviosidad en la espalda, dejándole el alivio del que se deja llevar por sus propias canciones, su humor, sus ideas, su capacidad de conversar con el público. "Parecía haberme pasado una vida tocando con los músicos que me acompañaron. Las chicas lloraron con Tal vez, los bolivianos con Volver a La Paz..." me comentó entre otras cosas. Ya sé, ya sé, van a decir que es mi amigo y por eso tanta zalamería, yo sólo puedo decir: así es, y qué; pero les aconsejo que no se pierdan sus presentaciones cuando se de una vuelta por aquí en mayo, ofreciéndonos este señor trabajo.
Rojas consideró incluso sus canciones que le parecían desechables y, junto al productor Juan Carlos Noroña, luego de haber escuchando casi un centenar de composiciones, eligió cuidadosamente las doce que cerrarían sus cinco años de inédito y armónico silencio.
Durante la grabación secó, refrescó y volvió a secar la garganta sin dar cuenta de las lunas y soles que pasaban, sin tiempo para recordar su primera época en los boliches del D.F., donde llegó a pasar hasta catorce turnos de canciones propias y ajenas en un fin de semana. Liberándose, evocó el sentimiento de la primera vez, y así perpetró su voz y su guitarra acompañadas del profesionalismo de sus músicos. Calibrados por el español Pepe Loeches (Ganador de varios Grammy´s como ingeniero de sonido), sus acordes recibieron el trato merecido.
"Cantá con el alma, como sueles hacerlo" le dije la mañana de ese sábado, y las ganas de haber estado allí se patentaron cuando me contó que su mujer fue capaz de cargarse su nerviosidad en la espalda, dejándole el alivio del que se deja llevar por sus propias canciones, su humor, sus ideas, su capacidad de conversar con el público. "Parecía haberme pasado una vida tocando con los músicos que me acompañaron. Las chicas lloraron con Tal vez, los bolivianos con Volver a La Paz..." me comentó entre otras cosas. Ya sé, ya sé, van a decir que es mi amigo y por eso tanta zalamería, yo sólo puedo decir: así es, y qué; pero les aconsejo que no se pierdan sus presentaciones cuando se de una vuelta por aquí en mayo, ofreciéndonos este señor trabajo.
18.1.07
Isla del Sol
Volviendo de la Isla del Sol a casa uno se siente como si hubiese viajado a cien años luz de distancia, fuera de toda lógica y medida de tiempo. La Isla del Sol tiene una manera propia de entender la vida, y cada uno de sus habitantes la encara de esta manera, arreando sus burros, pasteando sus ovejas, estándose en su sitio, como las piedras y los senderos que conducen, siempre, a la vista azul del lago Titicaca. Quien viaja a la Isla debe caminar presto a su silencio: al silencio de la Isla, al silencio propio.
Los más de los visitantes que deciden pasar la noche aquí, desembarcan en la parte sur, correspondiente a Yumani. En el puerto no faltará el niño presto a conducirlo en el asenso por las escalinatas. ¿Dónde se va a alojar?, pregunta Rodrigo con la misma apacibilidad que aguardará, entre tramo y tramo, al agitado viajante que parece cargar el alma dentro de su mochila.
Entre los pequeños senderos cercados de piedra, luego de subir los suficientes metros para perder el aliento, aparecen las primeras posadas, un poco más allá está la escuela de la comunidad y su cancha de fútbol, única superficie plana de la aldea. Quien suba hasta la cima, amén de hallar hospederías provistas de terrazas con sillas, mesas y sombrillas, avistará ambos lados del lago: el día que muere y renace en el horizonte de las aguas. Por un lado la Cordillera de los Andes bolivianos; al otro, la orilla del Perú, habitada de luces nocturnas.
Rumbeando las playas desiertas de la Isla hay chacras de haba, aquí y allá sembradíos de maíz y papa. La vegetación del frío se descubre en la imperdible caminata que va de Yumani, al sur, pasa por Challa, centro de la Isla, y termina en el norte, comunidad Challapampa.
A dos horas y más de paso regular, al final de una leve pendiente, el caminante avistará la magnitud de un espacio limpio que se abre como señalando el final del sendero. Es un lugar que recuerda al color verde, y a la gente se le da por sentarse a descansar en el suelo o en las piedras que rodean la planicie ataviada por nada más que una mesa de piedra y varios banquillos. Pocos metros más adelante, están los laberintos hechos de piedra sobre piedra, cubículos interconectados de una altura poco mayor al metro y medio. Ruinas atribuidas al incario o a Tiwanaku, no importa, lo que el espacio enseña es una cosa de siempre, un equilibrio dado por la tierra a la que el ánimo del viajante se somete seducido por la belleza: el agua, las piedras.
Se retomará el sendero allá donde se lo dejó, donde se quiebra formando una “v” para dar lugar al espacio abierto. En ese punto empieza el descenso hasta la comunidad de Challapampa, donde la arena es finísima y límpida y las cholitas juegan fútbol a orillas del lago. Hay pocos turistas y uno que otro lugar donde servirse una trucha fresca o bien un pejerrey.
Aquí se presenta la oportunidad de tomar un bote para retornar al otro lado de la Isla, pero no faltará quien decida hacer la caminata también de vuelta para comprobar que un camino siempre es también otro, igual que una buena historia cuando se vuelve sobre ella. Se podrá tomar el día entero en esta caminata, y aún quedarán imágenes pendientes, conversaciones con uno mismo, con el compañero o con la novia, fotos que no se vieron ni se guardaron en la retina además de las hermosas que se conserva. Así uno conserva en su fuero la promesa de volver a la Isla del sol, en Copacabana, Bolivia.
Los más de los visitantes que deciden pasar la noche aquí, desembarcan en la parte sur, correspondiente a Yumani. En el puerto no faltará el niño presto a conducirlo en el asenso por las escalinatas. ¿Dónde se va a alojar?, pregunta Rodrigo con la misma apacibilidad que aguardará, entre tramo y tramo, al agitado viajante que parece cargar el alma dentro de su mochila.
Entre los pequeños senderos cercados de piedra, luego de subir los suficientes metros para perder el aliento, aparecen las primeras posadas, un poco más allá está la escuela de la comunidad y su cancha de fútbol, única superficie plana de la aldea. Quien suba hasta la cima, amén de hallar hospederías provistas de terrazas con sillas, mesas y sombrillas, avistará ambos lados del lago: el día que muere y renace en el horizonte de las aguas. Por un lado la Cordillera de los Andes bolivianos; al otro, la orilla del Perú, habitada de luces nocturnas.
Rumbeando las playas desiertas de la Isla hay chacras de haba, aquí y allá sembradíos de maíz y papa. La vegetación del frío se descubre en la imperdible caminata que va de Yumani, al sur, pasa por Challa, centro de la Isla, y termina en el norte, comunidad Challapampa.
A dos horas y más de paso regular, al final de una leve pendiente, el caminante avistará la magnitud de un espacio limpio que se abre como señalando el final del sendero. Es un lugar que recuerda al color verde, y a la gente se le da por sentarse a descansar en el suelo o en las piedras que rodean la planicie ataviada por nada más que una mesa de piedra y varios banquillos. Pocos metros más adelante, están los laberintos hechos de piedra sobre piedra, cubículos interconectados de una altura poco mayor al metro y medio. Ruinas atribuidas al incario o a Tiwanaku, no importa, lo que el espacio enseña es una cosa de siempre, un equilibrio dado por la tierra a la que el ánimo del viajante se somete seducido por la belleza: el agua, las piedras.
Se retomará el sendero allá donde se lo dejó, donde se quiebra formando una “v” para dar lugar al espacio abierto. En ese punto empieza el descenso hasta la comunidad de Challapampa, donde la arena es finísima y límpida y las cholitas juegan fútbol a orillas del lago. Hay pocos turistas y uno que otro lugar donde servirse una trucha fresca o bien un pejerrey.
Aquí se presenta la oportunidad de tomar un bote para retornar al otro lado de la Isla, pero no faltará quien decida hacer la caminata también de vuelta para comprobar que un camino siempre es también otro, igual que una buena historia cuando se vuelve sobre ella. Se podrá tomar el día entero en esta caminata, y aún quedarán imágenes pendientes, conversaciones con uno mismo, con el compañero o con la novia, fotos que no se vieron ni se guardaron en la retina además de las hermosas que se conserva. Así uno conserva en su fuero la promesa de volver a la Isla del sol, en Copacabana, Bolivia.
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