2.7.07

Nada, excepto tu ausencia

Nada, excepto tu ausencia, impide la noche. Y la noche va a llegar. Debiera ser suficiente contigo faltándole al espacio de mis ojos, debiera bastar con mi almohada pidiendo tu consejo, rogando tu calor a la hora de la siesta. ¿Dónde está la primera estrella para pedirle un deseo? ¿Dónde mis alas para migrar al extremo donde el sol se olvida del oeste? Me he jactado del silencio que escucho, de la palabra que invoco, de mi soledad. Y aquí estoy, entrampado entre ideas, libros y lápices que esta vez no narcotizan. El reflejo de la última claridad es tu ausencia impidiendo la noche que siempre quiere y consigue habitarme. Riéndose de mis jactancias, tu ausencia es una noción de lo imposible, y de todas formas estoy seguro de que puedo abrir el corazón.

20.6.07

Este diario es fundamental para mi mente escurridiza y sus posibilidades. Se puede decir que esta vida dura mucho menos de lo que los relojes pretenden, pero en realidad el tiempo no existe: esta vida dura otra cosa y otra más, y una cosa otra vez, nada que ver con relojes. El día de ayer está tan lejos de mí… lo leo y son las palabras de otro que alguna vez pude haber sido, en cambio la infancia de Alto Obrajes toma mi mano ahora, y el frío deja de existir en Cota Cota. Acaso en una de esas me toque ser el padre que nunca tuvo mi madre. Yo no digo esto o aquello pretendiendo la verdad o su falsación, me importa lo que le hace bien a mi espíritu, y eso que no entiendo bien lo que estoy diciendo, tal vez ni siquiera lo entiendo mal… ¿será un poco así el asunto?

11.6.07

Amor Eterno

Nos unen juegos mayores que los del papel sellado. ¿Para qué disfrazarnos de promesas inciertas? Si esas están bien lejos, allá en el cielo transitan las nubes de promesas.
A ti y a mi nos hace mal la poesía romántica de los que quieren andar de la mano en campos de nubes sempiternas, o esposados a esa fantasía de nombre seguridad. Hay quienes navegan felices en la fantasía monógama, pero mi amor es inmenso y de rostros varios. Quiero ser un Mesías para mujeres, escucharlas si saben contar historias, seguirles el show si son actrices, escribirles poemas si los componen, amarlas a todas por igual, amarlas en la cama, en el baño, en el pasillo, en la calle vacía. ¡Que todas me gusten tanto como tú!
Qué poco pesa la palabra puto, cómo se esfuma la maledicencia cuando me llamas amigo. Tú encima primero si así lo deseas, por este y también por el otro lado vamos naufragando, yo no pierdo horizonte, siempre voy por cualquier lado... divaguemos esta noche, súbete a mi balsa, vayamos rumbo a ningún lado; por algo nuestras miradas se cruzaron, crucemos la frontera de la noche, te prometo las estrellas. Hoy, pero solamente hoy, te juro amor eterno.

21.5.07

Una tarjeta

En el consutorio del doctor Milton H. Erickson

Cuando te detienes a pensar en todos los misterios del universo... ¿no te sientes pequeño e insignificante?

Y dentro de la tarjeta:

YO TAMPOCO

29.4.07

Décimas íntimas de Gastón Silva Carvajal

Hace ya algún tiempo, y gracias a un amigo muy querido, llegó a mis manos un CD que compendia varias poesías de este señor envejecido con las marcas de quien sabe maravillarse ante la mínima expresión de vida. Él se dedica a dar clases de inglés en un pequeño pueblo, al que un día de aquellos arribó un músico que supo dar a sus versos el aire que merecían. Comparto con ustedes una las décimas que me conmovió.

Tiempo

Pasa una nube fugaz
sobre el prado florecido
y ese momento vivido
ya no volverá jamás.

Todo va quedando atrás
asfixiado en la memoria,
no se repite la historia
en el rodar de este mundo,
sólo el anhelo profundo
de ver esplender la gloria .

¿Qué será el tiempo en verdad?
Me pregunto si no es
fuga de un mes y otro mes
con rumbo a la eternidad.

¿Son brillo u opacidad
los años en su conjunto?
Y entre tanto me pregunto
¿qué es lo que lleva o lo que trae?
El tiempo es polvo que cae
sobre los recuerdos, punto.

19.4.07

Ordenar mi cuarto

He intentado ordenar mi cuatro un montón de veces desde que empezó el año, pero me voy dando cuenta de que es una difícil empresa, es como ordenar mi mente bajo un buen criterio que archive eventos en folders amarillos de acuerdo a su valor metafísico. Algunos archivos podrían llegar hasta más abajo del suelo, mientras que otros levitarían….
¡Th! En lugar de divagar traigo siempre el cronómetro en la mano derecha, y en la izquierda la torpeza de esquivar las memorias que pasan por mi lado, dando cuenta de que no me estoy dando cuenta.
De vez en cuando se eleva mi mente, entonces vuelve toda la poesía como si alguna vez la hubiese entendido. En ese momento no caben dudas: sí la he entendido. Mi cuarto sigue desordenado. Desearía escribir un fragmento del cielo cada día y conversarlo con las otras personas cuando saben respirar sin tragarse los sueños.
Un sonido que deviene melodía… hoy sí me siento vivo.

1.4.07

De aquisitos

De aquisitos allasango te extraño
los más de mil kilómetros caminando,
De allasango aquisitos me he traído
un aroma, un suspiro, tres gotas de sudor.

De aquisitos allasango aún evoco,
del embrujo consumado en tus rizos no hay poco.
De allasango aquisitos no me harto,
como de tocarte, dije, nunca me hartaré.

De aquisitos allasango puedo esperar
un día, dos meses, tres años,
con tal de que vuelvas queriéndome
comer tres veces al día,
como lo hacías domingos
y fiestas de gastar.

De allasango aquisitos seguirás,
Yo, aunque bese a alguien,
no volveré a besar
con el miedo ahogado,
con el alma abierta
y la vida en el aliento.

De aquisitos allasango
te quiero, me quieres,
de allasango aquisitos
me extrañas, te extraño.

Ansiosos esperamos, suspiramos...
porque yo estoy aquisitos
y tú estás allasango



Yo quisiera saber, ¿quién no ha caído, o al menos tropezado, antes los encantos de la mujer oriental?

28.3.07

Rodrigo Rojas y su danza del deseo

Hace algunos días recibí un nuevo comentario en un viejo artículo que había escrito sobre mi amigo Rodrigo Rojas en el blog. Me lo escribía la reportera de una página web de cantautores en México: trovando.com. Ella lo había entrevistado antes del sábado 17 de marzo, día en que Rodrigo presentó el segundo disco de su historia: "La danza del deseo", en el teatro Lenin del D.F.
Rojas consideró incluso sus canciones que le parecían desechables y, junto al productor Juan Carlos Noroña, luego de haber escuchando casi un centenar de composiciones, eligió cuidadosamente las doce que cerrarían sus cinco años de inédito y armónico silencio.
Durante la grabación secó, refrescó y volvió a secar la garganta sin dar cuenta de las lunas y soles que pasaban, sin tiempo para recordar su primera época en los boliches del D.F., donde llegó a pasar hasta catorce turnos de canciones propias y ajenas en un fin de semana. Liberándose, evocó el sentimiento de la primera vez, y así perpetró su voz y su guitarra acompañadas del profesionalismo de sus músicos. Calibrados por el español Pepe Loeches (Ganador de varios Grammy´s como ingeniero de sonido), sus acordes recibieron el trato merecido.
"Cantá con el alma, como sueles hacerlo" le dije la mañana de ese sábado, y las ganas de haber estado allí se patentaron cuando me contó que su mujer fue capaz de cargarse su nerviosidad en la espalda, dejándole el alivio del que se deja llevar por sus propias canciones, su humor, sus ideas, su capacidad de conversar con el público. "Parecía haberme pasado una vida tocando con los músicos que me acompañaron. Las chicas lloraron con Tal vez, los bolivianos con Volver a La Paz..." me comentó entre otras cosas. Ya sé, ya sé, van a decir que es mi amigo y por eso tanta zalamería, yo sólo puedo decir: así es, y qué; pero les aconsejo que no se pierdan sus presentaciones cuando se de una vuelta por aquí en mayo, ofreciéndonos este señor trabajo.

14.3.07

Lectura en Caza Duende

Amigos bloggers: este jueves estaré leyendo y compartiendo algo de mi trabajo en el aniversario de la "Caza Duende", a las 9:30 p.m. El boliche queda entre Sagárnaga y Murillo, en la galería artesanal Chuquiago. Vayan pues... los esperaré con repertorio especialmente preparado, estaré vendiendo mi libro a 20 Bs.

6.3.07

Para ponerse melancólico

Para ponerse melancólico... ¿habrá mejor espacio que el primero que impone el domingo en la noche? En mi caso, no. Y dependiendo de la predisposición del espíritu, adentrarse en los recovecos de la memoria puede tornarse en un gran placer o en una tormentosa pena.
Ayer me tocó fumarme el aire del séptimo día junto con dos amigos que acompañan mis andanzas, con tropiezo y todo, desde pretéritos días en los que asistíamos puntualmente al colegio y éramos capaces de creer todas las bárbaras historias con moraleja que un cura o un profesor contara.
Lo peor no era la moralina, tampoco la enloquecida y alucinada manera en que solía enamorarme de una u otra chica. Lo peor era avergonzarse de los poemas y las sensaciones que me elevaban aún en la época universitaria y que todavía puedo seguir sintiendo, mas ya sin dispararme por los aires o ahogarme en cuentos de hadas.
De esos días quiero compartir algunos intentos de verso.

Propuesta

Si te animas a ser mi musa
ordeno tus pecas en constelaciones,
mido tus pestañas con los labios,
vuelvo melodía los sonidos de tu voz.

Pongo a tus caderas bachata y lluvia,
tono transparente a tu mirada,
hielo en gotera por mi espalda
si te animas a ser mi musa.

Si te animas a ser mi musa...
ya lo estoy viviendo:
aroma de jazmines en tu cuello,
rituales para el movimiento de tus cejas,
roce suave a tu sonrisa.

Senderos de mis dedos en tus manos,
estación prohibida tus pechos,
transporte a lo eterno tu pubis
si te atreves a ser mi musa.


Shoots

I
tengo la esperanza
de que me sorprendas con un beso
cuando pierda la esperanza

II
hoy, pero solamente hoy
te juro amor eterno

8.2.07

Denuncia

Esta es la transcripción de una denuncia de maltrato presentada por el secretario general de alguna comunidad yungueña a la oficina de Defensoría de la niñez y adolescencia del municipio pertinente.

Yo, Ruth Noemí, menor de edad, sin portar ningún documento natural de Maticuni de Provincia Sud Yungas del departamento de La Paz, y domiciliada en esta comunidad de San José, me hago presente y denuncio que mi persona ha venido soportando maltratos por parte de mi madre y de mi padrastro.
Esto empieza cuando vivíamos en la comunidad Chaqueti. Yo era menor todavía. Me dejaban en la casa y yo tenía que hacer de todo: cocinar, lavar ropa y atender a mi hermanito. Como era menor todavía, me olvidaba de hacer. Entonces empezaron a huasquearme con cualquier objeto que encontraban, porque a esa edad no podía hacer ese trabajo. Soportaba toda clase de maltrato por parte de mis padres.
Un día me decidí ir adonde vivía mi abuelo, y me fui. Me recibió, le ayudaba a cuidar el ganado. Ella pareció una mañana y me llamó de ocultas, me habló diciendo vamonos, porque el abuelo no te atenderá como yo, tu madre. Para irme dejé el bulto que cargaba, lo dejamos en el camino.
Una vez que llegamos a las casa volvió el trato que siempre recibía, pero con más fuerza. Luego nos fuimos a otra comunidad, San Lorenzo. También seguía el maltrato y los trabajos fuertes. De todo lo que pasaba yo era culpable. Se peleaban, yo era culpable. No se peleaban, yo era culpable. Me huasqueaban con lo que encontraban porque no podía avanzar el trabajo.
Soporté el tiempo que estábamos en San Lorenzo. Nos venimos a San José, donde mi tía Dionicia Mamani que le dio terreno a mi mamá. Trabajamos ahí. En el trabajo siempre me han tratado como si yo fuera gente o trabajador. En cambio mi hermanito era mimado. Se lloraba, yo era culpable; se peleaban, también. Entonces yo sé cosechar, masir, traer plátano, cocinar, lavar ropa. Ni así estaban conformes.
Seguía el maltrato de mi mamá, huasqueándome. Lo propio mi padrastro, amenazando de todo si hablas de esto a la gente. Por eso no avisaba a mi tía ni a mi abuela. Si discutía era peor, ya mi padrastro salía con patadas, sopapos hasta sacar sangre. Un día hasta me arrojaron con piedra en la cabeza; me estaba queriendo escapar a otro lado, no me acuerdo nada más. Cuando me he dado cuenta, ya me habían estado arrastrando entre los dos a la casa. Pura sangre.
Pedí disculpas a mi padrastro, me dijo: más bien puedes irte donde tu papá y no me vuelvas aquí, no quiero que rondes por aquí como perra. Por varias ocasiones pedí disculpas a mi padrastro: disculpame papi. No entendía. Más bien me castigaron con trabajos duros y sólo tomaba un té mientras ellos se cocinaban y comían. Para comer tranquilos me mandaban a mí primero al trabajo.
Todo esto soportaba. En el trabajo tenía que igualarlos, si no puedes irte de aquí. Tanto no podía soportar y a veces pensaba retirarme. A veces me iba a dormir al monte cuando me huasqueaban. A media noche me despertaba en pleno frío y retornaba a mi casa. Ya no querían recibirme, tenía que pedir disculpas. En una oportunidad me fui a dormir al monte y llegué al día siguiente. Me dijeron dónde dormiste, seguro con tu chango; porque quieres changuear, por eso fuiste al monte. Volví al monte a dormir dos noches, volví donde ellos. Me dieron trabajo duro, hasta fumigaba el cocal. Recibí maltrato por mi mamá y también por mi padrastro hasta tarde.
Pedía permiso a mi mamá para visitar a mi tía. Me amenazaban con cortar mi pie. También en fiesta de Todos Santos me pegó mi padrastro sin motivo. Sólo porque acompañaba a mi amiga y él pensó mal. Se enteró el abuelo y encargó a los dos, sin reñir a nadie, que tengan cuidado con la Ruth Noemí. Seguían pegándome. Por último me decidí abandonar la casa de mi mamá y me fui donde mi abuelo el día lunes 17 de enero de 2005 años, no podía aguantar más.

30.1.07

Consuelo de pajas

Qué difícil es esta soledad rodeada de letras que ya no dicen nada. Me gusta jugar a que nací con el corazón al revés, o bien, amarrado a la cabeza. Pero es inevitable: ahí está la puerta al silencio, del otro lado, sus secretos. Aunque no la vaya a abrir, está ahí. Así que ando por el cuarto, haciéndome el loco ante lo inexorable, mirando de reojo la noche. Me consuela la idea de encender una fogata en pleno altiplano... yo siempre consolándome con humeantes pajas de fueguitos perecederos.

18.1.07

Isla del Sol



Volviendo de la Isla del Sol a casa uno se siente como si hubiese viajado a cien años luz de distancia, fuera de toda lógica y medida de tiempo. La Isla del Sol tiene una manera propia de entender la vida, y cada uno de sus habitantes la encara de esta manera, arreando sus burros, pasteando sus ovejas, estándose en su sitio, como las piedras y los senderos que conducen, siempre, a la vista azul del lago Titicaca. Quien viaja a la Isla debe caminar presto a su silencio: al silencio de la Isla, al silencio propio.
Los más de los visitantes que deciden pasar la noche aquí, desembarcan en la parte sur, correspondiente a Yumani. En el puerto no faltará el niño presto a conducirlo en el asenso por las escalinatas. ¿Dónde se va a alojar?, pregunta Rodrigo con la misma apacibilidad que aguardará, entre tramo y tramo, al agitado viajante que parece cargar el alma dentro de su mochila.
Entre los pequeños senderos cercados de piedra, luego de subir los suficientes metros para perder el aliento, aparecen las primeras posadas, un poco más allá está la escuela de la comunidad y su cancha de fútbol, única superficie plana de la aldea. Quien suba hasta la cima, amén de hallar hospederías provistas de terrazas con sillas, mesas y sombrillas, avistará ambos lados del lago: el día que muere y renace en el horizonte de las aguas. Por un lado la Cordillera de los Andes bolivianos; al otro, la orilla del Perú, habitada de luces nocturnas.
Rumbeando las playas desiertas de la Isla hay chacras de haba, aquí y allá sembradíos de maíz y papa. La vegetación del frío se descubre en la imperdible caminata que va de Yumani, al sur, pasa por Challa, centro de la Isla, y termina en el norte, comunidad Challapampa.
A dos horas y más de paso regular, al final de una leve pendiente, el caminante avistará la magnitud de un espacio limpio que se abre como señalando el final del sendero. Es un lugar que recuerda al color verde, y a la gente se le da por sentarse a descansar en el suelo o en las piedras que rodean la planicie ataviada por nada más que una mesa de piedra y varios banquillos. Pocos metros más adelante, están los laberintos hechos de piedra sobre piedra, cubículos interconectados de una altura poco mayor al metro y medio. Ruinas atribuidas al incario o a Tiwanaku, no importa, lo que el espacio enseña es una cosa de siempre, un equilibrio dado por la tierra a la que el ánimo del viajante se somete seducido por la belleza: el agua, las piedras.
Se retomará el sendero allá donde se lo dejó, donde se quiebra formando una “v” para dar lugar al espacio abierto. En ese punto empieza el descenso hasta la comunidad de Challapampa, donde la arena es finísima y límpida y las cholitas juegan fútbol a orillas del lago. Hay pocos turistas y uno que otro lugar donde servirse una trucha fresca o bien un pejerrey.
Aquí se presenta la oportunidad de tomar un bote para retornar al otro lado de la Isla, pero no faltará quien decida hacer la caminata también de vuelta para comprobar que un camino siempre es también otro, igual que una buena historia cuando se vuelve sobre ella. Se podrá tomar el día entero en esta caminata, y aún quedarán imágenes pendientes, conversaciones con uno mismo, con el compañero o con la novia, fotos que no se vieron ni se guardaron en la retina además de las hermosas que se conserva. Así uno conserva en su fuero la promesa de volver a la Isla del sol, en Copacabana, Bolivia.


11.1.07

Del Espíritu Mayor

Hay una extraña relación entre los escritores como usted y los lectores como yo, me cuentan cosas que vengo buscando desde quién sabe cuando por haberlas visto antes en algún sueño o en algún lugar sin nombre. Me hacen pensar en que los refranes cotidianos no sirven para nada y en que las palabras aprendidas siempre dicen lo mismo, así que terminan sin decir absolutamente nada. Si se repiten demasiado, creérselas es mucho engaño para con uno mismo: que tengas un buen día, te mando un beso, te extraño, te quiero, te amo... Que los hechos cumpliesen lo que las palabras prometen sería distinto, el cantar fuera otro, pero son los mismos cafés y las mismas historias; salvo cuando se nos ocurre contar otras (las mismas pero distintas), o escribir un poema que le robe una sonrisa que yo entienda como promesa de cama u otras alas que hasta ahora no le he visto mover. Le tengo pavor a mi propia quietud que amenaza a diario y apuñala día por medio. A veces me duermo sin atisbos del acercamiento a mí mismo que logro con las palabras que recompongo de entre las que me enseñan. Ahora ninguna excusa me ata, la disciplina es esencial; se lograrán las palabras forjadas, el lenguaje de la tierra prometida, la poesía, y terminaremos haciendo el amor tal como el espíritu mayor manda.

8.1.07

Una ciudad late

Una ciudad late
con aires de pueblo.
Una mujer respira
tierra adentro, con
un niño inspirando
el calor del suelo
que jamás va a pisar.

Un villorrio a dos
pasos del cielo.
Corren sus penas
en un canto
sostenido de sueños:
dioses lisiados
sin derecho a espejos.

Así, así marchamos
sin rumbo alguno
pero pidiendo horizontes
al universo.

Así, así vivimos
bailando para pasar
de noche a un mañana
incierto.

Así como el que asiste
a su propio dolor
yo quisiera ver
los colores de mi pueblo.

28.12.06

Navidad donde no hay navidad


Acepté el turno de la noche en el Hogar sin saber que me tocaría pasar las primeras horas de navidad y año nuevo allí. Nadie me lo advirtió, pero tampoco pregunté al respecto hasta mucho después de tomar el trabajo. No me costó hacerme de la idea, me daba lo mismo pasarla aquí o allá, es más: muy probablemente esta vez pasaría algo interesante para contar.
Los chicos de la calle que rescata el Hogar son divididos de acuerdo a la etapa de reintegración social que atraviesan, así, hay una casa en la que se encuentran los más pequeños, tanto en la fase de adaptación a reglas como de inserción escolar. Yo trabajaba en la otra casa, que alberga a adolescentes con mayores responsabilidades: trabajar y estudiar.
Sin duda, en casa de los pequeños las emociones navideñas serían más fuertes y espontáneas; con los adolescentes era otra cosa, primaba una indiferencia general, poderoso escudo contra cualquier sentimiento. Los muchachos mostraron entusiasmo sólo cuando prometí que llevaría mi DVD y que alquilaríamos varias películas para verlas a lo largo de la noche buena.
Los planes se cumplieron casi al pie de la letra. Chicharrón de pollo había sido el plato más votado entre las opciones del menú navideño y, a pedido de la mayoría, comimos mucho antes de las doce. Dada la ocasión, los dieciocho pudieron repetir el plato. Más tarde llegó el director del proyecto con un saquillo lleno de regalos cargado al hombro. Por si acaso: se llamaba Carlos y en nada se parecía a Papa Noel.
Convocó a todos al living, dijo unas cuantas palabras felicitando a los que habían aprobado el año escolar y no habían faltado al trabajo, y una pequeña reprimenda a los indisciplinados que hacían todo lo contrario a lo que deberían. Todo para advertir que los buenos recibirían pantalón, medias y zapatos deportivos; los regulares medias y pantalón; y los peores solamente medias. Los peores eran nada más dos.
Se les repartió la mercancía por orden de lista, bajo firma de documento que certifique el detalle de las cosas entregadas. Según recuerdo, el fin de este formalismo era rendir cuenta a los bienhechores de España, Alemania y no sé qué otros lares que, dentro de su infinita bondad, se dignaban enviar unos cuantos dólares para estos pobres niños víctimas del tercer mundo.
Luego de la repartija, el director se fue volando. Le quedaba la casa de los pequeños y si demoraba mucho, seguramente no lograría llegar antes de las doce a su propia morada.
Quedó el ruido de las bolsas nylon al arrugarse acompañando diversas muestras de insatisfacción.
—¿No quieres comprar estas gambas joven? Su color una huevada, no me gusta, además me aprieta. ¿Cuanto quieres dar? —abría la oferta un chango ante el potencial comprador que era yo.
Otro me ofreció su pantalón porque prefería los anchos bien anchos, y estos apenas eran un poco anchos. Hubo alguno que regaló sus regalos a su compañero. Si le dieron al asunto diez minutos, es mucho. Dejaron todo en sus cuartos y volvieron al living para escoger una película de Jackie Chan y ponerla en el DVD. Los que hubiesen querido ver algo de Manga se fueron a dormir. Algunos se durmieron es su sitio en mitad de la proyección. Pocos acabaron de verla. Todos dormían poco después del final de la película.
En la noche del amable barrio de Villa Copacabana sonaba a todo volumen una versión de Noche de paz que no volví a escuchar en otras navidades, la interpretaba una banda militar y era una onerosa marcha, totalmente alejada del canto de esperanza que yo recordaba en esa melodía.

Después de haber vivido esto, yo me pregunto: ¿sirven de algo las campañas para recolectar ropa y juguetes para los niños pobres? Es probable que a algunos se les regale una sonrisa, otros tantos quedarán descontentos con lo recibido. En todo caso, los más felices terminaran siendo los artífices y colaboradores de las campañas, por el orgullo de haber entregado. Este orgullo es mayor que el del egoísta que sólo compra cosas para sí y para los suyos. El conflicto del niño de la calle va mucho más allá de lo que vaya a recibir en navidad, al igual que el conflicto de todo ser humano, yo tengo claro eso a la hora de dar o no dar limosna.

21.12.06

La Tarjeta

Habré tenido unos ocho o nueve años cuando el accidente ocurrió. Recuerdo la gran máquina en la que me recosté para que me sacaran una tomografía. Nadie sospechaba que me irían a descubrir un coágulo de sangre. Es más, nadie lo creyó luego de que tomasen el examen. Entonces no lo comprendía y, ahora que reconstruyo la historia, entiendo que debe ser grave que de buenas a primeras, una persona sin rostro te diga: “tu hijo debe ser sometido de inmediato a una operación para extraerle un acumulo de sangre del cerebro”. Tan grave y difícil de creer, que es necesario buscar una segunda opinión. Lógicamente mis padres fueron a buscar otra máquina de tomografías, pero esperaban además un hombre de sonrisa afable diciéndoles que la masa gris de su hijo no presentaba ningún punto rojo. Resulta que tampoco allí había rostro alguno, y que la máquina confirmaba el anterior diagnóstico.

Yo había entendido lo que hacía falta entender, pero necesitaba confirmarlo. Al salir de aquel recinto e internarme en la peluquería más cercana para raparme la cabeza, no aguante más y pregunté.

—¿Mami, me van a operar de la cabeza?

—No hijito, sólo es una intervención.

Admito que la idea de “sólo una intervención” amainó de algún modo mis temores, pero la cara de angustia de mi madre y el inexpresivo rostro del hombre andino que es mi padre, ponían en duda cualquier intento de disfrazar el asunto. De hecho puedo evocar la sensación borde del abismo que sentí cuando tuve que quitarme hasta los calzoncillos para ponerme una bata celeste y corta que con suerte llegaba a cubrir mis genitales.

La “intervención” se dio sin novedad alguna. Recuerdo una mascarilla cubriendo mi voz antes del invencible sueño que me entregó de un momento a otro en brazos de Morfeo. Me imagino que fuera del quirófano había angustia, miedo, lágrimas y todo lo que cabe en el siniestro olor de los hospitales.

Cuando desperté mi madre me observaba desde el muro que contenía su llanto, y mi hermano preguntó con inocencia:

—¿Cómo te llamas? ¿Quién soy yo? ¿Quién es ella?

—Tú eres tú y ella es la mamá —dije luego de haber estado un momento en silencio, sin saber si enojarme o no por la estupidez de su pregunta. ¡Crees que soy imbécil!, era la opción de respuesta que deseché.

Recuerdo el tiempo de entonces como en un reloj de arena mojada. Grande era mi desesperación por salir aunque sea un minuto y dar algunos pasos en el jardín que lindaba con esa habitación blanca e infame. No sé cuál habrá sido el fin de tenerme en cama todo el día, mi ánimo pedía sol, tierra, canicas, autos; era tal el encierro de ese niño, que llegó a disfrutar como una gran aventura la caminata al baño, con su madre sosteniéndole el suero conectado al antebrazo.

Alarmados ante mi espíritu trasgresor, mis padres ofrecieron comprarme un juguete “con tal de que te quedes tranquilo en la cama”. Y yo recordé un pequeño futbolín que había visto con mi hermano en el mercado de Alto Obrajes algún sábado de esos. Poco después de que me lo dieran, mi hermano me contó que el juguete era muy caro, y yo me sentía mal porque siempre me aburría después de jugar un ratito.

Estoy seguro de que todo lo narrado hasta ahora hubiese quedado sepultado en el último rincón empolvado de mi memoria sino fuese por una hermosa y feliz tarjeta que abre el camino a las neuronas tristes. Sí, esa tarjeta escrita en ambas caras interiores es la primera gran historia que leí en mi vida.

La leía una y otra vez, la leía cada día, y luego la recreaba en mi imaginación, le ponía uno y otro final. Esa historia había sido escrita para mí, un perfecto desconocido de la autora, a quién ponía color de ojos e inventaba voz. Ya la veía en su universidad, allá en Estados Unidos, donde todo es distinto y las distancias son tan grandes que uno debe llevarse su almuerzo cuando va a clases. ¿Qué pasó? Que en una de esas Gabriela salió apurada y olvidó su almuerzo. Estaba sentada en un banco del parque a la hora de comer y un compañero se le acercó ofreciéndole la mitad de su hamburguesa, que ella aceptó gustosa.

En ese entonces había unas hamburguesas estilo americano de nombre Quiks. Recién operado, sometido a dieta especial, debía esperar un buen tiempo antes de poder probar una. Pero un medio día llegaron mis tíos trayendo unas para mis padres. Salieron a comerlas al jardín, y yo me conformé con el olor de esa comida estilo americano que me recordaba la historia de Gabriela.

Había otra tarjeta gigante, con las firmas de todos mis compañeros de curso, linda, pero nunca mía como la de Gabriela. Es inenarrable y mágica la amistad que tejí con ella en la imaginación a través de esa tarjeta, aunque no le haya respondido nunca. Ni siquiera se la agradecí años después, viéndola en alguna reunión ocasional de sus padres y los míos. ¿Por qué no lo hice? ¿Qué había detrás de mi timidez cuando, mucho después, ya grande, la vi en el instituto de inglés y fui incapaz de acercarme a saludarla?

Hace un mes más o menos me la encontré en la colación de un allegado, la saludé por primera vez diciéndole su nombre. Debiera haberle dicho: una vez me escribiste un pasaje para viajar en el tiempo. Pero, ¿se acordará de la tarjeta? Al final de cuentas, nunca conversamos y yo me pregunto con Silvio: ¿a dónde van las palabras que nunca dijimos? ¿Acaso se van? ¿Y adónde van?

14.12.06

De la Llamita Blanca

Ayer tuve uno de esos días que no vale la pena recordar. Tal vez la falta de ciertos minerales en mi organismo, producto de una infección con consecuencias nefastas para mi digestión, tuvo algo que ver con esto. Con suerte leí un par de páginas y escribí unas cuantas líneas, es que me costaba concentrarme. Hacia el atardecer, decidí rematar la jornada en el cine, viendo una película que no le significase trabajo alguno a mi mente. Prejuzgar no ha de ser bueno, pero creo que es inevitable que, con su versión de Celia hecha rock de fondo musical y la imagen de Guery Sandoval de Tra-la-la vestido de chola en el afiche, “¿Quién mato a la llamita blanca?” inspire risa, no más ni menos.
Bueno, la cosa es que llegué al cine Plaza con algunos minutos de desventaja, y a pesar de que ya había empezado el filme y que por momentos el sistema de sonido del cine no permite entender bien los diálogos, me enganche de inmediato con el asunto.
¿De qué se trata la película? La llamita blanca es nada más un detalle de la historia, aunque también se puede ver como una metáfora: ya una tomadura de pelo a los medios de prensa, en especial televisivos, que se ocupan de las noticias de forma superficial y sensacionalista en lugar de ver lo que hay detrás, ya también una crítica a los bolivianos en el mismo sentido: ver la llamita atropellada, insultarse, pelearse, ejercer justicia comunitaria, en vez de buscar a la madre del cordero, que no ha de estar tan lejos.
Así, entre chiste y chiste, cada escena de la llamita blanca es una crítica a la sociedad boliviana en pleno, y no están demás las varias escenas en las que todos gritan y nadie se escucha. Los personajes, muy bien construídos y personificados, manejan un peso que de cualquier forma les permite moverse con levedad y natural lenguaje. Y creo que esto constituye una falencia en otras películas bolivianas donde, particularmente, me molesta que a nombre de no se qué, los actores empiecen a hablar un español con acentos que distan mucho del que se sabe hablar en una y otra región de Bolivia.
La naturalidad también se nota en los escenarios. Lo que se muestra de La Paz es lo que vemos a diario en sus calles, cuando caminamos por el prado o el cementerio, por ejemplo. Y esto me recuerda a American Visa, que, con sus hermosas tomas, pareciese estar buscando una gran metrópoli donde no la hay. De paso me permito advertir que en American hay muchas escenas que no aportan en nada a la historia, pero ese es otro tema.
Con un ritmo ágil, sostenido en recursos técnicos impecables, la llamita de Rodrigo Bellot me recuerda los viajes al interior, el interminable plato de pique en Cochabamba, la hermosa mesera que me atendió en un recóndito pueblo del oriente, el camba con el que alguna vez me farreé para terminar discutiendo de racismo y política, la manera en que se reniega de la amnesia nacional, del indio cochino, del camba opa. La llamita muestra en pleno la riqueza de nuestra cultura y también nuestra estupidez, nos hace reír, y al salir del cine no caben dudas de que mal que bien, muy vivo, hay un país latiendo al mismo compás, aun cuando sea en otro tono.

7.12.06

Dos pequeños amigos

Me encontré con Marcos casualmente. Vagaba cerca de la escuela porque mi reunión se había suspendido a último momento y lo descubrí paseando como quien acaba de enterarse de que sólo existe el día de hoy.
¿Quién me estaba saludando? No tenía puestos los lentes, sólo alcancé a reconocerlo cuando nos separaban unos pocos metros. Sonreímos. Quise sostenerle la mirada hasta el momento de estrecharle la mano y, acaso movido por la timidez, volteé los ojos antes.
—¿Qué haces Marcos? —le pregunté.
—Espero a mi prima, que está en la escuela.
Mientras duraran las clases teníamos tiempo para dar un paseo. Mi casa quedaba cerca y él quería conocerla, así que allá fuimos.
Luego de caminar un par de cuadras estábamos meciéndonos en la hamaca. Vimos algunas fotos y escuchamos las viejas canciones de Charly García. Le presenté al loro y al gato, le cayeron de maravilla.
Mi amigo subió al altillo confesando que la oscuridad le daba un poco de miedo. Le mostré el rincón donde escribo, y la atmósfera le inspiró contarme alguna de esas historias que se cuentan en voz baja y que algún día sabremos contar.
Conversábamos de todo lo que a uno lo hace reír cuando Marcos descubrió la envoltura de unas galletas. Alguien las había devorado sin dejar rastro.
—¿Dónde está la cocina? —preguntó.
—No funciona, comemos en una pensión—le respondí.
—¿En serio? —tragó saliva.
—Jua jua jua —su cara de asombró me dio risa— Sí. Vamos a la tienda a buscar unas galletas.
Nos sentamos a comer en la plaza, y mientras el sol bajaba charlamos de fútbol y otros juegos.
Las clases de su prima terminarían con el día, así que empezamos a caminar de vuelta al parque que está frente a la escuela. No tardamos en reconocerla entre la gente que se amontona para salir. Nos despedimos con pena. Era difícil pedirle a Marcos que se quedara un rato más... él todavía no decide, apenas tiene seis años, yo en cambio ya voy por el cuarto de siglo.

4.12.06

Platanitos rancios

Pocas veces me tocó esperar a Marianela. Yo era el mal acostumbrado que solía llegar tarde a nuestros encuentros. Creo que incluso la ocasión a la que voy a referirme llegué un poco tarde, menos que otras veces, sí, pero tarde. Lo que sucedió es que ella me había citado antes de tiempo. Supongo que teníamos algo importante que hacer y por eso tomó sus previsiones.
El asunto es que yo estaba parado allí, en la esquina de la plaza triangular, mal enmarcado en tiempo y espacio, como casi siempre. Viendo a uno y otro lado por si ella se aparecía, sospechando que tal vez mi reloj se había atrasado igual que su dueño, y que ella, a manera de darme una lección, se había ido sin mí. Este tipo cree que lo voy a esperar siempre, es hora de que aprenda a llegar puntual o se empiece a olvidar de lo nuestro, pensé que ella pensaba.
Para apaciguar mis ansias compré una bolsa de platanitos fritos. Hacia tiempo estaba antojado de platanitos fritos, y compré unos antes de llamar al celular de Marianela del mismo kiosco. Masticaba el primero cuando me contestó diciendo que ya estaba por llegar, que esperase un minuto. Estos platanitos no eran como los de mi casera en la universidad, estaban horribles, nada crocantes, parecían chicle. De todas maneras, de forma automática, seguía engulléndome los putos platanitos. A mitad de la bolsa llegó ella. Le ofrecí platanitos y coincidió en que estaban horribles.
—Una huevada de platanitos, ¿por qué los seguimos comiendo? —me pregunté a mí mismo en vos alta, mirando sus ojos.
-Yo te voy a decir porqué —atrajo mi atención—. Porque estabas antojado de platanitos frescos y crocantes y te vienen a tocar unos rancios y hasta cochinos, pero tú tienes la esperanza de que al menos uno de toda la bolsa esté bueno. Lo más probable es que no sea así, y de todas formas te los engulles todos con la remota esperanza de que el antojo se te pase cuando los acabes. O por último quieres creer que esos eran los platanitos que buscabas y deseabas relamiéndote, así que al terminártelos, acabas creyendo, aunque en el fondo no creas, que esos eran tus platanitos. Y así, callado, te quedas feliz y satisfecho.
En tanto explicaba le metíamos a la par los famosos platanitos, y finalizando su disertación no quedaba uno solo. Lo único que dejaron esas frituras, al menos a mí, fue un mal sabor de boca. Pasó mucho tiempo antes de que pensara que seguramente yo le dejé ese mismo sabor amargo y pesado en la boca a Marianela. Yo, yo le dejé ese sabor, como si fuese un platanito hediondo elevado a la enésima potencia. Sí. No es que haya sido o sea un mal tipo, pero sabía que le encantaban los detalles y ni siquiera le di una margarita arrancada de la jardinera central de la avenida Bush. Ni una carta o tarjeta comprada o impresa a computadora, o aunque sea fotocopiada. Nada de nada. Unos pocos chistes y piropos zalameros de esos que se aprenden en las telenovelas que le debe seguir gustando ver.
—Amor, creo que ha pasado suficiente tiempo y es hora de que mis padres sepan de lo nuestro.
Así me decía.
—Princesita, hay que ir poco a poco. Sabes que yo te amo, pero hay que ir poco a poco. Me han roto el corazón varias veces y a ti también, es mejor que sigamos siendo amigos y la relación vaya creciendo así, y vaya por donde deba ir. Hay que dejar que las cosas sigan su rumbo natural, es más maduro— yo le contestaba.
Tal vez me hubiese comportado de otra manera si Marianela hubiese rechazado los platanitos, o me hubiese dicho que bote esa cochinada de frituras, o si hubiese llegado antes que yo y se hubiese ido sin mí en una de esas primeras citas. En fin, el hubiese no nos lleva a ningún lado, ella tendría que volver a nacer para que se cumpla cualquiera de esos hubieses, y yo también.
La verdad siempre es más cruel, y yo no perdí la oportunidad de llevar a la práctica lo que un día que faltó el profesor de sociales nos enseñó entre chiste y chiste el director de secundaria. Es lo siguiente: para qué comprar la vaca si puedes tomar la leche gratis. Entonces yo no entendí lo que quiso decir, y por eso mismo me lo guardé en la memoria, parecía sabio y algún día me podría servir. Como que hasta ahora me sirve y me seguirá sirviendo. Gracias a esa lección conservaré los mejores recuerdos de mi juventud y, en sí, de mi vida.
Marianela era tremenda haciendo cositas, y debe seguir siendo. Además se adaptaba a todo, podía comer cualquier platanito, je je je. Era malísima para el billar pero la pasaba bien jugando conmigo, dejándose ganar cuando jugábamos por hobby o por prendas. Sólo prendas íntimas, por supuesto, hubiese sido un escándalo: ella sin lo de arriba en ese billar de la Villa Lobos que para lleno. Y tampoco era mi intención resfriarla.
Primero se sacaba los aretes y los anillos, y luego la mandaba al baño a que se quitase el sostén y el calzón. Era muy lindo verle los pechos completos tras el escote cuando se agachaba a golpear las bolas con el taco. Le daba como sea y luego yo me cruzaba con ella para embocar una bola después de rozarle los pezones por encima de la blusa. Adivinar sus pezones erectos bajo la blusa era una belleza. Pero me excitaba especialmente el momento en que salía del baño y me mostraba, como un secreto, su tanga dentro de la cartera. Se ponía de espaldas muy junto a mí y abría el cierre del bolso para mis ojos, y luego yo le metía los dedos bajo el pantalón, por delante, y juntábamos las lenguas antes de separarnos para seguir dándole al taco.
Hago varios juegos de ese estilo a manera de encender la cama, pero ese me recuerda especialmente a Marianela, porque la primera vez que lo hice fue con ella. Hay otros en los que la chica que aparece en mi recuerdo podría ser tanto una como otra, o dos, o varias. La memoria es algo extraño, incluso hay cosas que no sé si hice o vi en una película. Con los años esto se debe agudizar, y es algo que no me importa en lo más mínimo. En todo caso me alegra. Al final recordaré mi vida tan plena como en las películas o telenovelas que le gustaban y le deben seguir gustando tanto a Marianela.
Obvio que siempre tendré presente lo buena que era tirando. Como se movía cuando estaba encima de mí, como gritaba. Quizá también me esté equivocando, y por tratarse de una de las primeras experiencias en mi carrera de patán la recuerde maravillosa. ¡La memoria y sus engaños! Sólo para comprobarlo, voy a llamarla cuando vaya a La Paz. Recordaremos viejos tiempos siempre y cuando se comporte y no me salga con asuntos de pensiones o de ver a mi supuesto hijo. Con todo respeto: son macanas con intención de amarrarle los huevos a uno. A mis años no estoy para eso, sé lo que quiero. No me conformo con platanitos rancios, tengo que buscar lo mejor. Si tal existe, entonces me quedo con ello. Mientras tanto, ¿para qué comprar la vaca si se puede beber su leche? Sí, Marianela es un buen motivo para darse una vueltita por La Paz.