Hace cas dos meses Willy Camacho me invitó a participar de los Lunes de Literatura en el Etno. La invitación había sido hecha con la antelación correspondiente, pero sólo la misma mañana de ese lunes me puse a elegir y ordenar lo que iría a leer. Revisando el archivo de cuentos, me encontré con Platanitos Rancios, uno de esos relatos que escribo cuando una imagen de allá y una idea de aquí se unen y encajan en mi cabeza con hermosa y arbitraria armonía. En casos como este me pongo a escribir sin tregua, aprovechando el frenético impulso de la emoción. Tengo la rara creencia de que, dejando suelto el hilo del relato, la idea se me va a ir de la cabeza en seguida.
Entonces surge una frase que iría bien con el personaje, un movimiento que me lleva a un buen giro… estoy escribiendo algo maravilloso, no caben dudas. Me sobrecoge la emoción de abrir brecha en un relato. Creo que parte del placer es ignorar el punto de llegada, llevar el coche sin saber por dónde me voy a meter en la siguiente bocacalle. Y logro cierta armonía bajo el riesgo del desorden o de un final que no llegue a concretarse. Por eso, una vez terminado el texto base, le doy varias vueltas y, finalmente, lo dejo reposar un par de meses antes de volverlo a revisar y darlo por terminado.
La lectura en el Etno fue un gran pretexto para retomar los platanitos. Me entretuve quitando alguna cosa y aumentando otra, cambiando el tono a ciertas partes, intentando dar humor a otras, pasé casi todo el día en ello. Para la hora de ir a leer rondaba los límites de la satisfacción, aunque me perecía que quedaban algunas hilachas sueltas… de todas formas me estaba doliendo la cabeza y no iba a dejar de leer por corregir, así que imprimí y tomé un trufi que me dejara cerca a la Jaén.
Bebiendo una cerveza con el Estido y el buen Perro Rabioso mi cabeza empezó a funcionar a velocidad normal. Estábamos planeando el modus operandi de la lectura y dije, “qué mierda, mientras lea voy a comer compulsivamente platanitos fritos, igual que mi personaje”. Así que fui a la esquina por unos platanitos de a luca.
El boliche se llenó justo antes de que empecemos; Carlos Arancibia, Oscar Martínez y yo intercalamos lectura y música, luego vino el infaltable y prudente rito etílico, para empezar con pie derecho la semana. Como casi todo lunes, ahí estaba Pedro Grossman y, entre chiste y copa, la amena conversa nos llevó a comentar el cuento de los plátanos, así acordamos trabajarlo para una posible puesta en escena o, al menos, una mejor lectura. El proyecto me entusiasmó sobremanera. De modo que un día de esos caí en casa de Pedro con el cuento bajo el brazo.
“No te apures, tomá tu tiempo; cuando una palabra sea muy larga, cortála en vez de mascullarla”, ahí está el ritmo del Pedrito, calmo, pausado, con esa forma tan particular de anular las horas, que pasan volando mientras trabajamos el texto, me refiero a la versión final del texto, la de ahora. Porque al principio el asunto fue menos fluido: yo escribo un cuento para librarme cuanto antes de su peso sobre mis espaldas, y esta vez Pedro incitaba a que me empape del personaje, le dé nombre, fisonomía, clase social… todo lo que pudiese contribuir a su profundidad.
Empezamos leyendo una y otra vez, identificamos imágenes generadoras, dividimos el relato en partes y tonalidades, y así me fui dando cuenta de las posibilidades del texto. Me costó, me costó llegar al nombre de Wilfredo Cusi, dibujarlo en tres dimensiones sin robarle la sombra ni quitarle los platanitos rancios. En una de esas me salí por la tangente, Grossman mantuvo la calma y con sumo respeto lanzó, junto a anteriores, nuevas provocaciones. Sus certeros golpes llegaban allí donde el relato no tenía con qué defenderse, entonces surgir con nuevos movimientos era menester, ¡acaso me iba a quedar quieto!
Así, movidos por la sensibilidad y el sentido común, llegamos a una entrada más clara y mejor cimentada, que redundó en sutiles cambios para el cuerpo del relato y ayudó a eliminar pequeños detalles y ciertas palabras que no sonaban bien en voz de Wilfredo Cusi. Pedro no escribió una sola palabra, provocó, incitó a encontrar esa incierta manera de demoler un edificio que también él ignoraba. Por supuesto, cada quien voltea la tortilla a su manera, sólo uno mismo sabe de qué está hecha su tortilla, así que uno mismo debe hallar la mejor manera de voltearla. En algún lado leí: nadie te puede enseñar a escribir, pero puedes aprehender. A frases como esa me recuerda el trabajo con Pedro.
La lectura de este último lunes en el Etno, con el texto ya concluido, salió genial. Hay un par de empalmes que debo mejorar, pero no más, el asunto está. “El lunes al leer ya lo he visto como personaje”, me comentó Pedro. Ahora viene la puesta en escena en la que también participaré, con los sentidos bien afinados y también dispuesto a atacar. Como se ve, hay cosas que han quedado para mi futuro trabajo con las letras, y en el camino habrá más. ¡Gracias Pedrito!
El taller de Pedro Grossman dirigido escritores en ciernes, aficionados y también ya afianzados en su oficio, tiene una parte dedicada a técnicas de lectura en público y otra de trabajo individual sobre los textos. Empieza ya nomás, la primera reunión es este sábado 27 de octubre a las cuatro de la tarde. Pueden llamarlo al 71272451 para informarse al respecto.